El Negro de Banyoles fue enterrado en un país equivocado

Show business etnológico

Un autor holandés confirma que el cuerpo disecado fue robado en la actual Sudáfrica, y no en Botsuana

Vertical

El Negro de Banyoles, tal como era exhibido en la Sala de l’Home del Museu Darder de Banyoles

Pere Duran / NORD MEDIA

El del Negro de Banyoles es uno de los casos más despreciables en la historia del llamado show business etnológico. Abarca 170 años y se desarrolla entre dos entierros. A modo de resumen: en 1830, un africano de identidad desconocida es desenterrado al poco de morir por naturalistas franceses que lo disecan y se lo llevan a París; en el siglo XX se exhibe como pieza de museo (o más bien como atracción de feria) en Banyoles, hasta que en el 2000 el gobierno español envía el cadáver a la capital de Botsuana, donde vuelve a recibir sepultura.

A esta secuencia de atrocidades y despropósitos hay que añadir ahora la confirmación de que el conocido como Negro de Banyoles descansa en un país equivocado. El escritor holandés Frank Westerman ha hallado evidencias de que los hermanos Jules y Edouard Verreaux, que fueron los que desenterraron y disecaron el cuerpo, nunca se desplazaron más allá de 100 kilómetros al norte de Ciudad del Cabo, lo que sugiere que el origen del personaje central de esta historia se sitúa a un millar de kilómetros al sur de la frontera con la actual Botsuana.

Dicho de otro modo, todo apunta a que el Negro de Banyoles no fue un bosquimano del Kalahari botsuanés, como repetían machaconamente políticos catalanes y responsables culturales de la época. “Que ahora sepamos que está enterrado en un lugar equivocado supone añadir el insulto a la injuria”, sentencia Westerman.

Vertical

Esta imagen hasta ahora inédita es la única conocida del Negro de Banyoles en el siglo XIX. Se tomó en París en 1880.

.

Esta revelación abre la puerta a una hipotética reclamación de los restos por parte de las autoridades sudafricanas, que en el 2002 ya consiguieron la repatriación del cadáver troceado de Saartjie Baartman, la Venus Hotentote, en poder entonces del Museo del Hombre de París. Eso sí, tal como advierte el autor holandés, antes de plantearse una exhumación y un nuevo traslado habrá que investigar más y, “si fuera posible, devolver a este hombre su nombre real”.

Westerman publica su hallazgo en una edición ampliada en holandés de su exitoso relato de no ficción (14 ediciones) El Negro y yo (editorial Querido Fosfor), que Viena editó en catalán y Océano, en castellano. El autor, basándose en archivos de Le Figaro y de los Annales de la Société Entomologique de France, sitúa el campo de acción de los Verreaux en una franja muy limitada del sur de la actual Sudáfrica.

Este dato confirma informaciones publicadas a finales de los noventa y en el 2000 en La Vanguardia y El País, medios que rebatieron la versión oficial que ubicaba en lo que hoy es Botsuana al africano sin nombre. Pero Westerman sitúa aún más al sur, “entre los Hotentotes del Cabo”, su lugar de procedencia. Y aporta una inquietante narración de los hechos tomada de Le Figaro:

Tras sacarle las vísceras para quedarse sólo con la piel y algunos huesos, los taxidermistas tiraron el resto a los chacales

“Estaba enfermo, exhausto y era incapaz de perseguir a los leones y a los antílopes, cuando los hermanos Verreaux llegaron al pueblo en el que murió este pobre nègre”. El diario francés, que sugería así que el hombre podía ser un cazador, calificaba a los Verreaux de “auténticos vampiros” a quienes sólo interesaba comerciar con la piel del cadáver exhumado. Cuenta Westerman que tras eviscerarlo para quedarse sólo con el pellejo, el cráneo y algunos pocos huesos, los hermanos “dejaron el resto a los chacales”.

Este relato enlaza con la carta que el propio Jules Verreaux envió en 1831 al mítico naturalista George Cuvier, director del Museo de Historia Natural de París, ofreciéndole la pieza como si se tratara de un trofeo de caza: “Un objeto que no es ni mucho menos el menos interesante de nuestra colección es un bouchouana preparado y muy bien conservado y que ha estado a punto de costarme la vida, estando obligado para obtenerlos (sic) a desenterrarlos la noche anterior en un lugar vigilado por sus semejantes”.

En su intento de forrarse con su venta, los Verreaux tunearon el cadáver untándolo de betún para ennegrecer más su piel. Así parecía más exótico. Antes habían sustituido sus vísceras por paja, como se suele hacer con las fieras.

Horizontal

El Negro de Banyoles, tal como era exhibido en la Sala de l’Home del Museu Darder, con la leyenda errónea que atribuía su origen al Kalahari.

Pere Duran / NORD MEDIA

Otra aportación del ensayista holandés es la fotografía francesa de 1880 que aparece en primer lugar de esta información, la única conocida del individuo disecado tomada en el siglo XIX, además de un boceto barcelonés de 1888. En ella se aprecia el disfraz con el que fue mostrado al público convertido en muñeco: su escudo, el taparrabos, las plumas y la lanza o arpón.

Se revela asimismo en el libro que el ladrón de tumbas Jules Verreaux llegó a tener un hija en Ciudad del Cabo, nacida el 18 de febrero del 1828, fruto de su relación con la joven holandesa Elisabeth Greef. Se ignora qué fue de ellas cuando Verreaux regresó a Francia.

La confirmación de que el personaje conocido como El Negro de Banyoles era originario del área de Ciudad del Cabo hace todavía más insostenibles, si cabe, los argumentos que justificaron su explotación museográfica a lo largo de los años.

Opiniones recabadas en su día entre historiadores de Sudáfrica y Botsuana indicaban que, de haber vivido tan al sur del continente, en una zona con gran actividad comercial, el africano desconocido habría sido un personaje occidentalizado que vestiría pantalones y dominaría probablemente el holandés. Nada que ver, entonces, con el atrezzo de buen salvaje con el que se le condenó de por vida en una vitrina.

Sólo el Gobierno de Botsuana levantó la mano cuando el Ejecutivo español buscó un destino a donde repatriar al africano de nombre desconocido

Durante los 80 años que el cuerpo se exhibió como una fiera más en el museo gerundense, apenas se intentó documentar el origen de la pieza. Darder lo llamaba “el cafre de la Cafrería” en su catálogo. Era el objeto 1.004 del inventario.

El hallazgo de Westerman sitúa a su vez el foco sobre los convulsos meses que precedieron al funeral del 2000 en la capital de Botsuana, Gaborone, que presenciamos in situ medio centenar de enviados especiales de medio mundo.

Cuando el equipo de Josep Piqué accedió al ministerio de Exteriores, en el 2000, se encontró con que sus antecesores (Piqué sucedió a Abel Matutes) les habían dejado una auténtica patata caliente: la campaña a favor de la repatriación del hombre disecado cobraba cada vez más fuerza y era respaldada por organizaciones como Naciones Unidas, la antigua OUA o los alcaldes de Nueva York y Chicago.

¿Cómo evitar que un asunto en principio anecdótico acabara contaminando las relaciones exteriores de España? El ministerio no lo dudó y se empleó a fondo para que las autoridades locales liberaran el cadáver. Y Botsuana fue el único país que levantó la mano para acogerlo. El portavoz de su gobierno llegó a admitir a este diario que no le importaba que el hombre disecado pudiera haber nacido en otro país: “Es africano, uno de los nuestros”.

Vertical

Una joven botsuana observa la calavera del Negro de Banyoles en la capilla ardiente habilitada en octubre del 2000 en Gaborone

Kim Manresa

El entonces presidente, Festus Mogae, intentaba con aquel gesto desviar la atención de las críticas que recibía su política de expulsar a los bosquimanos de sus tierras en el Kalahari. ¿Y qué mejor operación de imagen que dar por bueno el presunto origen bosquimano del Negro de Banyoles y enterrarlo con todos los honores en la capital?

El funeral lo presidió la propia primera dama y contó con la presencia del hombre que había liderado la campaña para acabar con la exposición pública del cadáver, el médico haitiano residente en Cambrils Alphonse Arcelin.

La perspectiva del tiempo nos permite valorar el gran favor que hizo Arcelin a Banyoles, a Catalunya y a España precipitando con su tesón el final de un disparate que atentaba contra los derechos humanos. Aunque el resultado acabara siendo enviar al hombre disecado a una tierra que nunca fue la suya, donde su lápida en un parque desangelado ha servido durante años como poste de una portería de fútbol.

Pero no está todo escrito. Como concluye Westerman, “la tumba en Gaborone es más una herida abierta que un fin de la historia”.»

Etiquetas
Cargando siguiente contenido...